Un brillo en la tempestad

Publicado en por dacab

A través del agua, José, vio que algo plateado brillaba de forma mágica al lado de sus pies, sin pensarlo se agacho para recoger el objeto que había cautivado su atención. Con el agua  hasta el cuello, y procurando hacerlo lo más rápido posible, agarro fuertemente el objeto, luego lo guardo  en uno de sus bolsillos sin detenerse a observar que era realmente. Su madre lo miro con preocupación y reproche. —¡Pero este muchacho se volvió loco! ¿Es que se quiere ahogar? No ve como esta de inundado todo —dijo la madre, tomando fuertemente por el brazo al niño. José no dijo nada, en ese momento estaba pensando en lo que tenía guardado secretamente en el bolsillo. Su madre, junto con él, siguió abriéndose camino entre la multitud que desesperada y desanimada se lamentaba de su suerte. Todos se dirigían hacia las zonas más altas  de la región, buscando huir del agua que de forma implacable y sin ninguna consideración los había obligado a salir de forma inmediata de sus hogares.

—¡Esto es un verdadero diluvio! —dijo una mujer de edad avanzada; sus lágrimas se escapaban dejando fluir el profundo dolor que sentía en esos momentos. Ella, como muchas personas de diferentes regiones del país, estaba siendo sometida a las más duras pruebas que la vida puede dar. La madre de José la miro con el entendimiento que brinda un mismo sufrimiento. Momentos más tarde, ya sentados en la en la vía del ferrocarril, se sentó a llorar para dejar escapar toda la tristeza y la rabia que sentía.

Genaro es un hombre exitoso; un hombre bueno. Toda su vida se preparó, día a día, para ser el gran empresario que hoy es. A pesar de que el tiempo comenzaba a blanquear su cabello, seguía siendo un hombre robusto con buen estado de salud, con un garbo enérgico al hablar y con una actitud que generaba respeto a todos aquellos que interactuaban con él. Tenía una sonrisa agradable que, desde hacía tres años, había comenzado a desvanecerse casi por completo, junto con su mirada que dejaba perder el brillo alegre de años anteriores. La noche comenzaba a llegar con el frio que suscitaba las imparables lluvias que, sin dar tregua, durante varios días, venían arremetiendo contra la ciudad de Bogotá y el país. Él se sentó en el antiguo sillón del estudio, desde allí veía el árbol de navidad que iluminaba la majestuosa sala; esa imagen que debería ser símbolo de alegría, era un motivo más de frustración. Tomo su whisky, y cerrando los ojos se recostó para dejar libres sus pensamientos. Ya eran dos años largos los que llevaba practicando esa rutina; rutina que lo alejaba cada vez más de su vida familiar y del amor de su esposa que sin poder hacer más por él se había resignado al destino de su triste vida. Genaro, noche tras noche, se tomaba uno a tres tragos, aislado del mundo, sumergido solamente en su vida y sometido al dolor que sentía por la pérdida de su único hijo, el cual un trágico día se había ahogado en la piscina de una de sus casas de retiro vacacional. La vida le dio todo lo que él había soñado, pero de forma inesperada le había arrebatado el sueño más grande que él siempre deseo: tener un hijo; aun así se mantuvo fiel a sus principios y a sus valores, y pese a que su esposa no le podía dar más hijos, se resignó a vivir sin ellos y a continuar a su lado porque la amaba profundamente, y deseaba de todo corazón envejecer a su lado.  Eso era algo que su esposa admiraba de él, ya que ella lo amaba, tal vez, más.  Pero todos esos meses de dolor la confundían, y había comenzado a considerar la posibilidad de dejarlo para que él pudiera tener otro hijo con otra mujer y así pudiera ser un hombre completamente feliz.

Eran más o menos las once de la noche y el sueño no llegaba, el insomnio comenzaba a apoderarse nuevamente de su ser. Como algo extraño, porque no tenía la costumbre de hacerlo, prendió el televisor y después de haber pasado por varios canales, decidió ver la repetición del noticiero. Por un momento quiso cambiar de canal y no ver más el cubrimiento que hacia el canal sobre todas las tragedias que había desencadenado las fuertes lluvias. En el instante que iba a cambiar de canal salió la imagen de José con un pequeño objeto brillante colgado en su cuello; el camarógrafo del noticiero hizo una toma del rostro triste del niño, luego hizo un acercamiento a su cuello, enfocando una medallita con el rostro del divino niño y unas iniciales. Genaro se sobresaltó al ver la imagen, no podía creer lo que acababa de ver, no obstante estaba seguro que esa era la medallita que él le dio a su hijo Juan cuando lo bautizaron, y que siempre llevaba puesta desde ese día, pero que de forma extraña no tenía en su cuello cuando fue sacado sin vida de la piscina. Saco de su billetera la fotografía de su hijo para cerciorarse de que no estaba equivocado, al confirmar  su inquietud corrió hacia su cuarto, su voz desaforada despertó a su esposa; él se arrodillo al lado de la cama, le tomo la mano a su gran amor y le dijo: —Perdóname amor. Durante todo este tiempo no he sabido que hacer. Tú más que nadie has comprendido mi dolor, y yo de manera egoísta, he desconocido el tuyo, pero quiero decirte que si aún quieres que adoptemos un niño, estoy dispuesto a hacer lo necesario para ello, si quieres, esta misma semana vamos a hacer la solicitud a Bienestar Familiar. Esta noche he tenido una revelación que busca salvarme del abismo en el que he caído. Mañana mismo quiero que me acompañes a emprender una misión de ayuda, pero ahora, quiero que me acompañes a orar. Quiero dar gracias por todas las cosas bellas que poseo, y que pese a todo, todavía tengo grandes tesoros de que sentirme orgulloso. Soy una persona inmensamente afortunada por tenerte a ti y por no sufrir como muchas personas que sufren esta noche con la inclemencia del clima; aquellas que han perdido casi todo, y que yo, por culpa de mi negación he olvidado mirar. Pero esta noche quiero que te unas a mí para pedir por ellos. Juan, de alguna manera me está mostrando el camino que debo seguir.

La pareja se abrazó como no lo había hecho durante  mucho tiempo. Luego el tomo el teléfono y marco un número.

—Discúlpame por llamarte a esta hora, pero tenemos cosas que hacer —dijo Genaro.

Un día después de esa noche, varios helicópteros surcaron los cielos de aquella región azotada por la tragedia. Genaro, en uno de ellos, al lado de su esposa, observaba con tristeza a las muchas familias que estaban postradas al lado de la vía del ferrocarril. No comprendía por qué pasaban esas cosas, pero estaba seguro que él podía mitigar un poco tanto dolor y zozobra; la convocatoria de ayuda humanitaria que solicito a todo su grupo empresarial había sido efectiva, y así como él podía ayudar, esperaba que muchos lo hicieran, así fuera con una simple oración, porque tal vez eso fue lo que hizo la madre de José al colocar la medallita de Juan en el cuello de su hijo.

En un momento dado su rostro se ilumino de alegría al ver, desde la altura, a una madre con su hijo, el cual llevaba en su cuello el recuerdo de su hijo Juan que le auguraba no sufrir más y que su vida de seguro iba a cambiar. La madre miro descender el helicóptero cerca de ella, una luz de esperanza volvió a iluminar su mirada cansada. La medallita de Juan, ahora de José, brillo como nunca.

 

 

DARÍO CABRERA ALMARIO

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