Memorias

Publicado en por dacab

Me siento cansado. Ya nada es como antes.  Antes no necesitaba hacer tantas paradas para llegar a mi destino;  hasta llegaba con ánimos para tomarme unas amargas donde Don Gilberto, y si aparecían mis compadres, nos  echábamos unas jugaditas de parqués, o nos tomábamos unos aguardientes tocando tiple y guitarra;  claro está que en esa época me acompañaba mi fiel Dora, por eso es que me rendía la andada. Sí que era una buena yegua, y cómo la echo de menos. Ahora no hay dinero ni para comprarse una mula; pues los años me cogieron en los caminos, cargando el poco café al hombro y sudando más por estos benditos calores. Antes sólo se me iba poco menos de medio tabaco, ahora con esta andadera y tan viejo, me chupo más del tabaco.  Es que estas piernas no sirven para nada, y las vistas ya las tengo cansadas y quemadas por el sol. Eso es lo que pasa cuando se llega a viejo: los males  nos abrazan y las tristezas nos embargan. ¡Dios mío, uno no debería sufrir tanto!

Ahí está mi pobre vieja: ya la pobre, tampoco puede caminar; esas  venas varices la tienen jodida. Ahí como puede se da mañas para cocinar. Menos mal somos dos pobres viejos y no es mucho lo que tiene que preparar. Igual, ya uno no tiene ni ganas ni dientes para masticar. Tampoco es que haya mucho de dónde echar mano; las últimas gallinas toco preparárselas a los señores que dicen que nos van a liberar, los que luchan por la libertad. Y debe ser que uno es muy bruto, no mijo, porque yo todavía no entiendo de que nos van a liberar; si aquí en esta tierra que me vio nacer me he sentido libre toda la vida. Lástima que mis muchachos se tuvieron que ir para la gran ciudad, para no terminar siendo libertadores. Ahora pocas veces vienen a visitar a estos viejos. Ahora sólo quedamos mi vieja, usted y yo. Yo no sé qué le pasó a este mundo, a estas tierras tan hermosas. Antes teníamos de que sentirnos orgullosos, éramos felices de ser campesinos; la tierra nos daba todo y la gente no era marrullera. Se tenía vecinos con quien hacer un sancocho a las orillas de la quebrada, echarse un chapuzón, y hacer sonar las guitarras al ritmo del bambuco. Esta tierra fue bendecida por Dios, y hoy maldita por los hombres. Ya no tengo ni vecinos con quien hablar, porque con mi vieja ya poco hablamos, si no se queda dormida ella, yo soy el que me duermo. Lo que pasa es que ya llevamos hablando mucho tiempo, hasta nos repetimos las historias una y otra vez. Eso es lo que pasa cuando se llega a viejo: la memoria nos falla y la compañía también. Es que muchas cosas nos cansan y algunas nos molestan también. Antes, en mi época, sabíamos eso de los viejos, sin embargo, los escuchábamos porque sabían de la vida y nos ayudaban a crecer. Hoy a nadie le interesa los que pensamos o lo que sabemos; ya estorbamos, mucho más a los nietos. ¡Dios mío, uno no debería estorbar a tantos!

Aquí estamos, mi viejo amigo, a usted también le agarraron los años por estos caminos. Antes, lo recuerda…, los jóvenes miraban con respeto. Nos levantábamos el sombrero para saludar a los abuelos; decíamos: con su permiso…, cuando pasábamos por su lado. Éramos acomedidos, les dábamos la mano y los tratábamos con cariño. Ahora hasta los más jovencitos me miran con burla, humm, como si ellos no fueran a llegar a viejos;  y hasta algunos hombres de la patria, cuando me los cruzo en el camino, me miran de soslayo como si hubiera sido bandolero. No se les tiene contento a los hombres de la guerra. El campesino está en el medio de juegos y truenos. Picaros bandoleros que contaminaron mi pueblo. Políticos corruptos que nos robaron nuestros sueños. Mis manos estas cansadas, mi viejo amigo: por el azadón, el machete y este suelo. Eso es lo que pasa cuando se llega a viejo: cargamos cicatrices como recuerdos molestos. Sabemos que se acerca la muerte, por eso revivimos nuestros tiempos. ¡Dios mío, uno no debería recordar tanto!

Bueno, creo que es hora de continuar, no mijo, el camino todavía es largo y culebrero. Así que esté pendiente: si se ve en peligro, pela los dientes como el más fiero; como lo hacía su padre para defender  a este viejo. Recuerdo esas épocas, sí que eran buenos tiempos. Yo montando a Dora y su padre mostrando pecho, y olfateaba el camino de cualquier bandolero. Antes sólo bastaba el machete y la compañía de un buen perro. Ahora andan en manada y todos cargando fierro. Pero no se preocupe mi buen amigo, que le pueden robar a un pobre viejo. Lo único que pueden decir es que estoy loco porque hablo con mi perro. Eso es lo que pasa cuando se llega a viejo: desvariamos convencidos que charlamos de lo bueno. ¡Ay Dios mío…, uno no debería de vivir tanto!

 

 

DARÍO CABRERA

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Maria Janeth Cujaban 07/14/2010 23:13



HOLA MI QUEIRDO Y MUY APRECIADO AMIGO FELICITACIONES CADA VEZ SE NOTA LA TINTA DE TU CORAZÓN CON CADA LINEA QUE ESCRIBES DIOS TE ILUMINE Y LLEVE A FELIZ TERMINO TU TAN ANHELADO
SUEÑO. UN ABRAZOOOOTEEEE DE TODO CORAZON Y UN BESOTE CUIDATE. EXITOSSSSS



Fernando Avila 07/14/2010 23:11



Bueno, muy bueno..



carolina cabrera 02/04/2010 23:54


Me encanto porque es la realidad de nuestra gente campesina y porque no la de nosotros mismos.
Felicitaciones.