Síndrome de estupidez inmediata

Publicado en por dacab

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Cuando tú dices algo… siempre tienes la oportunidad de retractarte y decir: ¡Yo no dije eso!  ¡No entendiste!, pero cuando escribes… ¿Cómo carajos haces?  ¿Decir qué lo que está escrito no significa esto o aquello?  La verdad, es que no se puede hacer nada, sólo se puede esperar que el lector que lo lea no este viciado de alguna manera sobre el escrito, porque si es así, será peor su comprensión.  Ahí está el sutil, pero peligroso filo de la navaja por donde se camina cuando se escribe; porque uno es responsable de lo que dice, pero esclavo de lo que escribe.  ¿Será esa la razón por la cual las parejas de hoy en día ya no se escriben nada por miedo a comprometerse o se sienten comprometidas cuando alguien les escribe algo?  ¿Será que el romanticismo seguirá siendo visto como algo cursi que tiende a desvanecerse como la bruma de un amanecer?  ¿Qué pasó con esas cartas de amor que se escribían con mano temblorosa para el ser amado?  ¿Será que estaremos condenados a expresarnos, solamente, como en el Messenger, con frases que parecen jeroglíficos con un sinnúmero de dibujitos y mamarrachos?  Yo espero que eso no sea así.  ¡Que hartera!  Sin embargo, ¿por qué nos invade el miedo para expresar lo que sentimos?  ¿Por qué no dejamos que nuestro corazón hable y deje escapar ese caudal de sentimientos que como un río corre por el lecho de nuestras emociones purificando nuestra alma y apaciguando nuestra mente?

Es indiscutible que, mientras sigamos asumiendo tantos estereotipos de comportamiento social, nunca estaremos en libertad de escoger a consciencia lo que realmente queremos o deseamos; porque de alguna manera ya estamos contaminados por el prejuicio: del que dirán o del que debemos hacer, porque todos creen que te pueden decir que hacer. Lo único cierto, es que en esta vida estamos condenados a dos cosas: a asumir el riesgo de enamorarse con todo lo que eso implica o a padecer la incertidumbre de la soledad, terminando, posiblemente, acostados en la cama de nuestro cuarto, solos como un hongo, haciendo zapping con el control remoto creyendo que en la televisión está la respuesta.

En una ocasión una amiga le dijo a un amigo: Si en verdad te gusta esa nena, ¿por qué no vas tras ella?  La gran mayoría de peleas entre la pareja es por malos entendidos.  No puedes darte el lujo de dejar ir lo que realmente te inspira.  ¿Cuántas veces has dejado ir a alguien especial por orgullo y por miedo a sentirte estúpido?  ¿A cuántas más vas a dejar ir? ¡Ten cuidado, te vas a equivocar!

Reflexionando sobre aquella anécdota, me di cuenta de que todos, de alguna manera, sufrimos de un síndrome de estupidez inmediata.  Cuando nos encontramos frente a la posibilidad de enamorarnos, porque nos gusta esa persona que se nos apareció en un bar, o porque no la presento un amigo, o porque la conoció en un centro comercial, en fin…; casi de forma inmediata nos invade la incertidumbre de que hacer, y de algún modo, si no tenemos las señales claras, podemos caer en la trampa de la ansiedad o la inmediatez de hacer cosas que, en algunos casos, nos harán sentir  tontos o estúpidos; desde ese momento ya padecemos del síndrome. ¡Ah!, sin embargo el síndrome es sutil, no obstante, ataca a la mujer tanto como al hombre, en la conquista como en el noviazgo. Pero… ¿Qué garantiza que una relación funcione y no se vea atacada por el síndrome?  Simplemente dos cosas: que se gusten mutuamente y que quieran estar juntos, punto; si es así ambos estarán dispuestos a dar, lo demás es carreta.  ¿Qué el amor?  ¿Qué la comprensión?  ¿Qué el equilibrio económico?  Todo eso se construye con el tiempo, pero si no tienes esos dos ingredientes no va a pasar nada.  Cupido no se la pasa dando flechazos de amor, el solo da flechazos de atracción, el resto es nuestra responsabilidad con nuestra posible pareja.

El temor más grande con este síndrome se presenta cuando ya se tiene algún tipo de relación, y tu buscas a tu pareja después de una pelea o discusión, y por todos esos estereotipos de comportamiento social, en algunos casos, no todos, él o ella por lo general creen que el buscarla fue darle cierto poder en la relación, lo cual no es cierto, pero debo aclarar que también depende del tipo de relación o de los intereses que tengan cada una de las partes; entonces…¿Qué hacen? comienzan a manipular a su pareja, a exigir, y es ahí cuando automáticamente la relación comienza su carrera a la extinción. ¿Pero qué nos hace actuar así? Sin temor a equivocarme me atrevería a decir que es la carga emocional que conservamos de experiencias pasadas o relaciones frustradas.  Esas cargas que, muchas veces, no queremos dejar atrás, las cuales no nos permiten ver lo grandioso de esa persona que tenemos al frente; entonces nos atrincheramos en nuestros temores, nos cohibimos de expresar lo que sentimos, de dejar que nuestro corazón hable, que nuestra alma esté dispuesta y, poco a poco, como un atardecer que llega a su ocaso, esa persona se va desvaneciendo con la entrada de la noche, y así mientras la vemos partir, dejamos ir, muy seguramente, un gran amor.  ¡Sí!, nos cuesta trabajo expresarnos, esa es la verdad.  La gran mayoría de las parejas se comunican con frases coloquiales carentes de sentimiento y profundidad, les aterroriza el hecho de sentirse esclavos de lo que lleguen a escribir, y por eso no lo hacen.  Shakespeare, Borges, Neruda, Benedetti y todos ellos, serán iconos decadentes porque el romanticismo se nos fue para el carajo.  Amigo lector, lo único que debes saber es: que tú le gustas en verdad a tu pareja o posible pareja, porque si no es así, vas a hacer cosas que te van a desgastar y terminaras sintiendo con mayor fuerza el síndrome de estupidez inmediata.  Pero si llegas a tener cierta certeza de que el sentimiento es mutuo, entonces, si tú corazón quiere hablar… déjalo gritar; si tus manos quieren saludar…déjalas abrazar y acariciar; si tú alma quiere estar dispuesta…déjala volar; y si tus pies quieren caminar hacia ese ser que te inspira…déjalos correr y siéntete feliz porque quieres amar y eso…siempre es magia.

 

DARÍO CABRERA

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